La alquimia

miércoles, 13 de marzo de 2013 .





La alquimia, al lado de la astrología, de las innumerables mancias y de la magia, ocupa un lugar importantísimo en la artes ocultas. En su muy simple definición, la alquimia es el arte de convertir los metales en oro. Sin embargo la alquimia nos da un buen punto de partida para develar las nociones ocultistas de la ciencia; según el diccionario de la Academia Francesa es una ciencia oculta en la que se utilizan procedimientos químicos y fórmulas de un supuesto arte sagrado.


Si bien la alquimia merece un estudio profundo de sus diversas concep­ciones, nos enfocaremos a sus dos vertientes fundamentales: la alquimia como ciencia y la alquimia mística.


La alquimia como ciencia es considerada la abuela de la química, donde se observan fórmulas y teorías de estudiosos en pos de conseguir el secreto de la transmutación de los elementos. La alquimia mística se refiere a que el simbolismo alquímico no se aplica a la materia sino a las operaciones espiri­tuales. Wirth, en sus estudios del simbolismo hermético, menciona la alquimia como una escuela de perfeccionamiento moral, donde los metales no son físi­cos sino morales.

Historia de la alquimia


Aun cuando leyendas orientales afirman que los chinos ya practicaban la al­quimia desde el año 4500 a. C., estudios serios mencionan que los taoístas en el año 550 a. C. buscaban la piedra filosofal y el elíxir de larga vida. El origen de la alquimia occidental es Alejandría. La alquimia nace de una compleja amalgama de prácticas y teorías caldeas Judías, egipcias y griegas. Desde finales del siglo III hasta principios del V, gozó de un gran éxito. Los principa­les representantes de esta época fueron Zósimo, Sinesio, Olimpiodoro, así como María la Judía.


De María Judía, se sabe poco, lo mismo que de la mayoría de los alqui­mistas, quienes guardaron celosamente no sólo su identidad, sino también sus conocimientos. Los antiguos alquimistas creían que María o Miriam, era la hermana de Moisés, sin embargo no existe ninguna prueba de esto, probable­mente fue contemporánea de Demócrito, en la Alejandría del siglo II. De cual­quier forma María fue un genio inventando utensilios y equipos para el laboratorio, utilizándolos de una forma por demás original. Se le atribuye como principal contribución un aparato llamado kerotakis, el cual servía para calen­tar sustancias utilizadas en la alquimia y recoger sus vapores. Otros de los inventos creados por esta extraordinaria mujer es una especie de baño, quees el mismo tipo de hervidor doble que se encuentra en nuestros días en cual­quier cocina, el bien conocido “baño María”.


El kerotakis era un recipiente hermético con una lámina de cobre sus­pendida en su parte superior. Cuando los practicantes calentaban diversas sustancias como algunos compuestos de azufre, arsénico y mercurio, los va­pores se concentraban en esta lámina de cobre, que cambiaba de color y daba la impresión de que adquiría el espíritu del oro. Para que el proceso tuviera éxito, todas las uniones debían estar ajustadas al vacío. El uso de este recipiente dio origen a la expresión “cerrado herméticamente”.


María y sus seguidores, creían que el proceso que se llevaba a cabo dentro del kerotakis, era similar al que se llevaba en las entrañas de la tierra para la creación del oro. El compuesto que utilizaban más comúnmente para la calcinación era el rejalgar, un mineral de color rojo anaranjado con sulfuro de arsénico, que es muy común en las minas de oro. Comparaban al fuego de su crisol con las llamas de Hades, que purifica todas las sustancias que se le entregan. Durante el proceso de alquimia, el rejalgar era efectivamente “ase­sinado” dejando solamente un resto negruzco que los alquimistas llamaron el “cadáver”. Mientras tanto el azufre quedaba liberado, igual que una alma incorpórea se eleva a las alturas.


Si bien los escritos originales de María no sobrevivieron, sus enseñanzas fueron am­pliamente difundidas. Existió otra mujer al­quimista, quien se autonombró Cleopatra.Uno de los escritos más importantes de Cleopatra fue una página de diagramas sim­bólicos. En una de sus imágenes se mostraba una serpiente tragándose su propia cola y for­mando un anillo, llamada Ouróboros. “El Uno es el todo” se veía escrito en el centro de este círculo. Durante mucho tiempo los alquimistas no tuvieron una mejor representación, ya que ésta mostraba gráficamente todas sus creencias: la serpiente en forma de círculo representaba la unidad cósmica, en la que e lmundo superior hermanaba al mundo inferior y toda la materia era intercambiable  Algunas otras tradiciones ven representada en la serpiente la unión sexual entre el hombre (como humanidad) y Dios, o la representación extática del espíritu divino. Ya que la serpiente muda de piel, se creía era longeva, se renovaba constantemente en un círculo de renacimientos.


El ciclo muerte y renacimiento, había sido el tema central de diversas religiones místicas y se convirtió en un tema recurrente en la alquimia. Tal vez el más erudito de Alejandría que hiciera referencia a este ciclo fue Zósimo conocido como Panopolitano, por ser oriundo de Panópolis, en Egipto. Este personaje hacia el año 300 recopiló la sabiduría de iniciados anteriores a su época para formar lo que llegó a ser una verdadera enciclopedia del arte hermético.


Zósimo describía como por medio de una serie de utensilios de labora­torio, en el que se incluye el kerotakis y por medio de recetas podía convertir metales de baja ley en oro. También explicaba como se daba este proceso de transmutación. Si bien los resultados no siempre cumplían con lo requerido para el oro, advertía Zósimo, el practicante 110 debía desanimarse. Tal vez el proceso creó algo más poderoso: “un coral de oro”, tan poderoso que podría transformar a cualquier metal en oro. En un escrito atribuido a Zósimo, se habla de una “piedra” que no es piedra, un objeto de valor incalculable, algo que tiene muchas formas y que no tiene forma, ese algo desconocido que es bien conocido por todos. Tal vez ésta sea la referencia más antigua de la que posteriormente se llamará “piedra filosofal”, una sustancia que los alquimistas posteriores buscaran aún más fervientemente que el mismo oro.


Pero la alquimia no fue lo que piensan los profanos, aun los científicos, en tanto sistema de trasmutación de los metales en oro cuyas, por lo general, fallidas tentativas dieron lugar, empero, a muchos postulados y términos de la química moderna. La alquimia medieval que refloreció en el Renacimiento, y que influenciara con sus ideas a los intelectuales aceptados en las “gildas” de constructores del siglo XVII y por ende en las logias masónicas del XVIII, era mucho más que aquello: un sistema científico-filosófico general, cuyos símbolos fueron también empleados por los astrólogos y otros ocultistas e iniciados.


Para el año 633, las legiones del Islam avanzaron hacia Siria y más tarde a Irak y a Persia, Egipto cayó al año siguiente, seguido por España y el norte de Africa. Alejandría fue devastada, y sus preciados escritos fueron arrebata­dos a manera de botín de guerra; durante los siguientes cinco siglos, los tra­bajos más importantes de alquimia y hermetismo tuvieron lugar en centros islámicos como Bagdad, Damasco, Córdoba o Toledo. Los textos más rele­vantes de este periodo están escritos en árabe.


En la segunda mitad del siglo VIII, vivó en Bagdad el padre de la alqui­mia árabe: Abu Musa Jabir Ibn Hayyan, mejor conocido como Geber o Ja­vier; como la mayoría de los eruditos de su época Geber era polifacético, estudiaba música, filosofía y arte militar. Estaba compenetrado con los escri­tos de Platón y Aristóteles, así como con los antiguos manuscritos de Alejandría.


Geber aportó a la alquimia elementos totalmente nuevos, al igual que María la Judía, escribió de su laboratorio y daba la siguiente afirmación: “Aquel que no practica sus experimentos, no conseguirá nada”. Mezcló vitriolo con aluminio y salitre, y de esta manera descubrió el ácido nítrico o aqua fortis como él mismo la denominó.


En el ámbito teórico, Geber replanteó las teorías de Aristóteles acerca de que las exhalaciones terrenas generan los minerales. Este alquimista traba­jó arduamente, aunque no se tienen noticias de que haya logrado crear oro. Durante el reinado de Harún al Rashid, el califa de las “Mil y una Noches” Geber se vio envuelto en disputas que lo obligaron a un exilio, en donde ter­minó sus días. Con Geber se inició la época de oro de la alquimia árabe.


Los practicantes islámicos de la alquimia le dieron al mundo los términos de alcohol, álcali y alambique. Otra aportación de suma relevancia fue el elíxir, esta sustancia al igual que la piedra filosofal tenía la propiedad de convertir los metales en oro, además de otras muchas propiedades mágicas.

Cuando el imperio islámico llega a India y China, creencias ocultas de Oriente comenzaron la práctica de la alquimia, pensaban que si ingerían oro licuado se volverían inmortales. Muchos alquimistas consagraron la búsque­da del elíxir de la vida.


El mundo árabe fue la cuna de dos alquimistas más: Rhazes y Avicena. ambos junto con Geber fueron los cimientos donde se construyó la alquimia europea.


Mientras que Europa se encontraba sumida en el oscurantismo, el mun­do árabe vivía el apogeo de la alquimia. Durante el siglo XI, Europa comienza a recuperar el norte, y buscó inspiración en los eruditos árabes, lo que le llevó a reencontrarse con los filósofos y científicos griegos. Comenzaron a traducir textos al latín de Platón, Aristóteles, Demócrito, Pitágoras, junto con Geber, Rhazes y Avicena.


No obstante, las constantes matanzas que dividieron al islam del cristia­nismo, eruditos de ambos lados se reunían para intercambiar ideas y procedi­mientos, especialmente en el norte de Francia y en la España morisca. Fue aquí donde se piensa que llegó la alquimia a Europa.Uno de los centros más importantes donde se llevó a cabo el intercam­bio de ideas fue la Universidad de Montpellier, en las colinas del Pirineo fran­cés. La mayoría de los estudiantes eran hombres de iglesia, los estudios se centraban en la medicina, el latín, el griego y el árabe. Pero además de ser una universidad de prestigio, Montpellier fue el crisol de la alquimia europea. Al parecer casi todos los iniciados de la época estuvieron ahí.


Fue en esta universidad donde se formaron los grandes iniciados Alber­to Magno y Tomás de Aquino. Ambos monjes dominicos, profundamente religiosos, que gustaban de las enseñanzas de Aristóteles.


Alberto Magno (siglo XIII), hijo de una familia noble de Suabia, Alema­nia, daba la impresión de ser un niño de mentalidad limitada. Años más tarde afirmó que en una sesión privada la Virgen le había otorgado el don de laelevada inteligencia. Cualquiera que haya sido el caso, Alberto, llegó a ocu­par una cátedra en dos de las universidades más prestigiosas: París y Colonia, asimismo ocupó la sede episcopal de Ratisbona. Era tanta su fama de inteli­gencia y erudición que pronto se le conoció con el apelativo de “Doctor universalis”.


Alberto no creía en la alquimia, pensaba que sus practicantes eran embaucadores y charlatanes. No obstante estaba fascinado con ella y le de­dicó varios de sus escritos. La fama de este científico provocó un sinfín de historias a su alrededor, una, tal vez la más difundida, es la del “Autómata”. Cuenta la historia que en su estudio guardaba una estatua de bronce, que había modelado su discípulo Tomás de Aquino. Un día Alberto untó un elíxir a la estatua y ésta cobró vida. Durante algún tiempo, resultó muy útil para reca­dos y realizar diversas tareas domésticas. No obstante el autómata tenía un defecto, parloteaba incesantemente. Este ruido era realmente insoportable, por lo que Alberto tomó un martillo y lo rompió en pedazos.


Esta historia circuló rápidamente, ya que en esos tiempos el don de dar vida era únicamente un terreno de Dios, por lo que esta historia cuestiona­ba los procedimientos de la alquimia. Su discípulo y protegido, Tomás de Aquino, sufría por estos rumores y acusaciones. En general cualquier dilema entre la ciencia y la fe, le causaba un gran conflicto. En su constante esfuerzo por resolver las contradicciones entre la fe católica y la filosofía griega, escri­bió innumerables escritos que servirían posteriormente como fundamentos de la teología católica.


Tomás de Aquino rechazaba la alquimia por creer que era terreno del Diablo; sin embargo muy pronto dejó de negar la virtudes del elíxir y de la piedra filosofal. Los escrúpulos de Aquino no mermaron el entusiasmo de sus contemporáneos.

Arnau Villanova, médico español catalán, que impartía cátedra en Montpellier, afirmaba que poseía poderes mágicos tan extraordinarios que era capaz de crear a un ser viviente, al verter sustancias químicas en el interior de una cabeza,


Arnau estaba seguro de la existencia de la piedra filosofal, que podía curar enfermedades en un solo día, las cuales normalmente toman un mes para su recuperación, también la piedra tenía el don de crear oro, y se rumoraba que la había utilizado para este propósito.

El inglés Roger Bacon, uno de los más gran­des alquimistas europeos, monje franciscano y profesor de Oxford, destacó por sus innegables éxitos y su inteligencia. Se le acusó de haber con­jurado a los elementos, de convocar al diablo, de fabricar un espejo que en su imagen mostraba el futuro y de modelar una cabeza parlante en bron­ce. Su verdadera contribución fue marcar una nítida diferencia entre la lógica y la experiencia, entre las llamadas verdades guardadas en las bi­bliotecas y las que se derivan de la observación personal. Bacon puso la piedra angular del méto­do científico. Bacon creía firmemente en la transmutación de los metales. No obstante comparaba la transmutación de los metales con el hombre que busca un tesoro en un jardín, si bien no encuentra el tesoro, ya removió la tierra y con ello aumentará su cosecha.

Las aportaciones de Bacon a la alquimia fueron importantes, más tarde tuvo problemas con las autoridades eclesiásticas, lo confinaron a arresto do­miciliario y en 1284 fue encarcelado por el papa Nicolás IV, permaneció en prisión los siguientes diez años, murió poco tiempo después de ser puesto en libertad, según se sabe, por una explosión en su laboratorio.


A los contemporáneos españoles de Bacon, no les fue mucho mejor que a éste. Raimundo Lulio fue acusado de herejía y murió lapidado. Arnau Vilanova, pereció durante un naufragio, no sin antes padecer la persecución de la inquisición, acusado de brujería y herejía.


En 1317, el Papa Juan XII, promulgó una bula papal en la que denunciaba a la alquimia, esta deposición aunada a las presiones externas sobre los implicados en lo que les dio por llamar la Grande Obra fueron cada vez más severas. No obstante el interés sobre está práctica crecía más y más, algunos ricos estaban dispuestos a patrocinar experimentos, esperando que el favor se les retribuyera con riquezas.


En el siglo XV, el Renacimiento iluminó a Europa con su luz intelectual y trajo consigo la edad de oro de la alquimia. Durante esta época vivió Nicholas Flamel la historia de este alquimista es elaborada a partir de sus propios es­critos. Dedicó gran parte de su vida a la búsqueda de la piedra, cuando la encontró, según dice la historia, la utilizó para bien de la sociedad y se vio recompensado con riquezas materiales, perfeccionamiento espiritual y con la inmortalidad.


Pero la alquimia no fue lo que piensan los profanos, aún los científicos, en tanto sistema de trasmutación de los metales en oro, cuyas, por lo general, fallidas tentativas dieron lugar, empero, a muchos postulados y términos de la química moderna, era mucho más que aquello: un sistema científico-filosófico general, cuyos símbolos fueron también empleados por los astrólogos y otros ocultistas e iniciados. La “piedra filosofal” de los alquimistas no servía tanto para lograr la fabricación del oro, a partir del plomo y otros metales, sino del “oro potable”, que simbólicamente procuraba hacer avanzar a la humanidad en su camino de perfección. La verdadera transmutación era la de las mentes y las almas, “la transformación de una especie de antropoides ignorantes, groseros, bárbaros, intolerantes e inmorales, en otra de hombres instruidos, corteses  tolerantes y morales”, al decir de Oswald Wirth, jefe de la escuela masónica de alquimia de Francia, en los años treinta del pasado siglo. En la “Gran Obra”, el plomo significaba la vulgaridad, la pesadez, la ignorancia, la imperfección, y el oro todo lo contrario. Los adeptos iniciados en el Arte Regio no se interesaban mayormente por los bienes perecederos, sino por los logros eternos del espíritu. La materia prima del Gran Arte, la idea pura, no falseada por la expresión verbal, debe extraerse de su mina, es decir, de no­sotros mismos, del simbólico pozo donde se oculta la verdad.


La alquimia a través de su historia ha ido de lo científico a lo místico. Hoy existen tres vertientes definidas de los alquimistas: los tradicionalistas que perpetúan la tradición medieval y renacentista; los científicos, quienes se esfuerzan por transmutar científicamente los metales y los místicos, quienes buscan a través de la alquimia la mejora y trasmutación del ser.


En conclusión, qué es lo que seduce al hombre en la búsqueda de la piedra filosofal, o del Ars Magna, es difícil de explicar, tan sólo podríamos decir la alquimia, como el método para la purificación del ser, es necesaria para el hombre que pretende tener el acceso al supremo conocimiento.

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